Sobre mí

icono decorativo de corazon

Quiero contarte 
sobre mi enfoque

El Kintsugi es una técnica japonesa que consiste en reparar cerámicas rotas con oro. No intenta esconder las grietas. Las reconoce como parte de la historia de la pieza y les da un nuevo significado.

Siempre me ha gustado esta metáfora porque creo que habla muy bien de cómo entiendo la terapia.

Todas las personas llevamos heridas, aunque muchas veces aprendamos a esconderlas o a convivir con ellas. No porque sean demasiado grandes, sino porque durante mucho tiempo no tuvieron el espacio, la seguridad o la compañía necesaria para ser escuchadas.

Desde un enfoque centrado en el trauma, el apego y la regulación emocional, mi trabajo no consiste en borrar lo que has vivido, sino en acompañarte a comprenderlo, procesarlo e integrarlo para que deje de dirigir tu presente.

Porque sanar no significa olvidar lo que ocurrió. Significa que esa experiencia deje de definir cómo te relacionas contigo, con los demás y con tu vida.

Creo que todas las personas merecen un lugar donde sentirse comprendidas, sin juicio, y descubrir que aquello que un día fue una herida no tiene por qué seguir siendo una condena.

La belleza de las cicatrices de la vida

Me llamo María. Igual que mi abuela.

Siempre me ha gustado pensar que hay cosas que pasan de generación en generación. No solo los nombres, también la forma en la que aprendemos a relacionarnos, los miedos que cargamos o las maneras que encontramos para protegernos.

Quizá por eso terminé interesándome por el trauma, el apego y todo aquello que, sin darnos cuenta, sigue influyendo en nuestra vida.

Tras graduarme en Psicología y completar el Máster en Psicología General Sanitaria, comprendí que el sufrimiento rara vez aparece por casualidad. Detrás de la ansiedad, la dependencia emocional o las dificultades en las relaciones, casi siempre hay una historia que merece ser comprendida, no juzgada.

Por eso sigo formándome de manera continua. Creo que acompañar a una persona no consiste solo en conocer técnicas, sino también en seguir aprendiendo y recordar que detrás de cada historia hay alguien que merece ser escuchado con respeto y sin juicio.

No quiero que en terapia sientas que tienes que encajar en un método. Quiero comprender quién eres, qué has vivido y acompañarte desde ahí.

Porque cada historia merece una mirada diferente.

Cómo entiendo la vida (y la terapia)

Siempre he sentido una conexión muy especial con el mar.

Es uno de esos lugares donde consigo parar, escucharme y recordar que, igual que las olas van y vienen sin ser nunca iguales, las emociones también cambian. Incluso las más intensas o dolorosas terminan transformándose.

No siempre viví esa relación de la misma manera.

Hubo un tiempo en el que me exigía demasiado, me costaba parar y sentía que tenía que hacerlo todo bien. La terapia, la formación y mi propio proceso personal me enseñaron otra forma de relacionarme conmigo misma: con más calma, más compasión y menos exigencia.

Hoy sigo disfrutando del mar, de viajar, del movimiento y de esos pequeños momentos que me recuerdan que la vida no consiste solo en llegar a un destino, sino también en aprender a vivir el camino.

Y creo que esa forma de mirar la vida también está presente en mi manera de acompañar a las personas. Porque no acompaño desde la perfección, sino desde la convicción de que el cambio es posible cuando encontramos un espacio seguro donde comprender nuestra historia.